El susurro que el poder prefiere no escuchar
Notas contra la república tecnológica
He leído The Technological Republic no como un diagnóstico del presente, sino como un programa de normalización. No describe simplemente un mundo en crisis: prescribe el tipo de sensibilidad necesaria para administrarlo. Bajo la retórica de la responsabilidad nacional, la urgencia geopolítica y la necesidad de reconstruir una soberanía tecnológica occidental, el libro formula algo más profundo y más inquietante: una pedagogía de la obediencia técnica.
Su tesis central es conocida. Silicon Valley tendría una deuda moral con la nación que hizo posible su ascenso y, por tanto, una obligación afirmativa de participar en su defensa. La idea parece simple. Incluso razonable. Pero en esa aparente claridad ya se esconde una operación decisiva: convertir la tecnología en destino, la militarización en deber y la crítica en frivolidad. Lo que se nos presenta como realismo estratégico es, en realidad, una renuncia anticipada a pensar de otro modo.
No estamos ante un libro sobre innovación, sino ante un manifiesto para naturalizar una nueva alianza entre infraestructura digital, aparato militar y élite empresarial. Una alianza que no solo reclama recursos, legitimidad y obediencia, sino que exige una reorganización de la imaginación política. Ya no se trata de preguntarse qué tecnología queremos construir colectivamente, sino de aceptar que la historia ha estrechado tanto el campo de lo posible que toda duda aparece como ingenuidad, toda reserva ética como decadencia, toda crítica como traición.
Ese es precisamente el punto donde mi posición como artista se vuelve irreductible.
Porque el algoritmo no irrumpe en el mundo como una máquina neutral que luego puede ser usada para fines buenos o malos. El algoritmo ya organiza el mundo antes de que aprendamos a nombrarlo. Clasifica, jerarquiza, recomienda, invisibiliza, predice. No grita: susurra. Sugiere sin imponerse de forma visible. Ordena sin parecer ordenar. Y es justamente esa capacidad de reconfigurar la sensibilidad sin declararse como poder lo que vuelve tan peligrosa su normalización.
Cuando Palantir y sus ideólogos hablan de “hard power built on software”, fingen que el software es únicamente una herramienta de defensa. No lo es. Es también una infraestructura cultural. Decide qué cuenta como amenaza, qué cuerpo merece protección, qué conducta activa una alarma, qué memoria se conserva y cuál se desecha como ruido. No solo administra la guerra: administra la legibilidad del mundo.
Por eso resulta insuficiente, e incluso tramposo, plantear la cuestión en los términos que propone el libro: no si las armas de IA existirán, sino quién las construirá y con qué propósito. Esa formulación ya contiene la derrota del pensamiento crítico. Declara la inevitabilidad del dispositivo antes de abrir el debate. Vacía de legitimidad cualquier intento de interrupción y reduce la política a un problema de gestión técnica. No pregunta si un determinado umbral de automatización de la violencia debería ser rechazado. Solo pregunta quién tendrá el privilegio de diseñarlo.
La función del arte, al menos el arte que me interesa, comienza exactamente ahí donde esa inevitabilidad pretende clausurar la discusión.
No para ofrecer una consolación humanista frente al avance de la máquina, ni para decorar con ambigüedad los conflictos del presente, sino para devolver fricción a un sistema que se presenta como liso, transparente y necesario. El arte no compite con la eficiencia del algoritmo. Interrumpe el relato que lo vuelve inevitable. Señala el trabajo oculto bajo la superficie de la automatización: extracción de datos, explotación energética, sesgos sedimentados, cadenas invisibles de decisión, formas cada vez más opacas de delegación de la responsabilidad.
Detrás de cada modelo hay un archivo. Y detrás de cada archivo hay una historia de exclusiones.
Ese es otro de los grandes silencios del libro. Su exaltación de una élite ingenieril virtuosa, llamada a salvar a Occidente de su decadencia blanda, omite que los sistemas sobre los que hoy se construye la inteligencia artificial no nacen de la nada. Se alimentan de memorias desiguales, de jerarquías históricas, de lenguas dominantes, de regímenes de visibilidad profundamente asimétricos. Lo que se presenta como inteligencia es muchas veces una sedimentación automatizada de injusticias previas.
Por eso hablar de soberanía tecnológica sin hablar del archivo es una forma de mistificación. Hablar de defensa sin hablar de clasificación es una forma de encubrimiento. Hablar de seguridad sin hablar de qué vidas quedan expuestas para producirla es, sencillamente, una forma de cinismo.
El libro insiste también en el agotamiento del pluralismo, en la necesidad de recuperar juicios de valor, cohesión cultural y densidad moral frente a una sociedad supuestamente vaciada por el relativismo. Pero bajo esa nostalgia de espesor civilizatorio asoma una operación todavía más reconocible: la rehabilitación de jerarquías bajo la forma de una crítica al vacío liberal. No se combate la superficialidad del presente para abrir más democracia, sino para justificar nuevas formas de cierre, exclusión y disciplina.
Ese movimiento no es accidental. Es constitutivo. Cada vez que se invoca una cultura fuerte, una nación cohesionada o una civilización amenazada sin interrogar quién define sus límites y quién paga el precio de su defensa, lo que vuelve no es la comunidad sino el mando. No es la responsabilidad compartida sino la obediencia distribuida. No es una república, sino una arquitectura de control con vocabulario moral.
Y aquí conviene ser preciso: el peligro no reside solo en la brutalidad explícita del discurso militarista. Reside también en su capacidad para presentarse como madurez política. Lo verdaderamente eficaz de este tipo de textos no es su violencia declarada, sino su tono de sensatez. Su manera de deslizar, como quien no quiere la cosa, que la historia exige sacrificios, que los escrúpulos son lujos de una época ingenua, que la crítica cultural ha debilitado a Occidente, que el futuro pertenece a quienes acepten hacer lo necesario.
Yo no creo que la tarea del pensamiento crítico consista en embellecer ese chantaje.
Tampoco creo que la función del arte sea ofrecer una oposición ornamental a la nueva razón tecnomilitar. Nuestra tarea no es producir imágenes para acompañar la mutación del poder, sino hacer visible su infraestructura, sabotear su relato de neutralidad, introducir opacidad allí donde todo se presenta como cálculo y rendimiento.
Frente a la fe en una república tecnológica guiada por ingenieros, contratistas y estrategas, me interesa defender otra idea de inteligencia. No la inteligencia como anticipación, optimización y dominación, sino como capacidad de interrumpir. De detener la maquinaria de sentido cuando empieza a naturalizar la violencia. De preguntar desde dónde se enuncia una promesa y contra quién se construye. De devolver cuerpo e historia a sistemas que se presentan como abstracciones necesarias.
Porque no hay inteligencia sin conflicto, pero tampoco sin responsabilidad. No hay innovación inocente. No hay software neutral cuando organiza fronteras, objetivos, sospechas, exclusiones o prioridades de muerte. No hay soberanía democrática posible si la infraestructura que ordena la percepción colectiva se vuelve opaca, privatizada y militarizable.
En ese contexto, la verdadera decadencia no consiste en discutir demasiado, ni en dudar, ni en sostener reservas éticas frente a la automatización de la guerra. La verdadera decadencia consiste en aceptar que todo eso ya ha sido decidido de antemano. En llamar realismo a la rendición. En confundir poder con legitimidad, velocidad con lucidez, seguridad con sumisión.
The Technological Republic quiere persuadirnos de que la historia exige cerrar filas. Yo creo exactamente lo contrario: que cuanto más se estrecha el horizonte de lo pensable, más urgente se vuelve abrirlo. Que cuanto más se automatiza la violencia, más necesario es ralentizar la obediencia. Y que, en un tiempo fascinado por la predicción, la crítica sigue siendo una de las pocas formas no capturadas de inteligencia.
Quizá por eso el poder teme tanto al arte cuando este deja de ilustrar el mundo y empieza a interferir en él.
Porque allí donde la república tecnológica quiere disciplina, el arte introduce ruido. Allí donde quiere transparencia operativa, el arte devuelve espesor histórico. Allí donde quiere inevitabilidad, el arte pregunta. Y en un mundo que ya ha empezado a delegar demasiadas decisiones en sistemas que nadie votó, quizá la tarea más urgente no sea acelerar, ni alinearse, ni competir mejor.
Quizá la tarea más urgente siga siendo esta: interrumpir.

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